Ya para terminar el asunto de You are not a gadget…
En términos muy generales Lanier analiza el impacto de la tecnología (tal como funciona hoy en día) en el ámbito social y cultural. Suena a lo que podría hacer un departamento en una facultad de cualquier cosa, pero está todo en un pequeño libro. Su tesis se concentra en lo que él llama el declive del “humanismo”. La idea es que cada vez somos más como máquinas, empujados por la tecnología a reducir nuestras experiencias a formatos que las máquinas pueden entender. El resultado es que las máquinas terminan definiendo toda experiencia humana. “Like or not”, lo que es una persona en un perfil donde el 50% de las opciones son binarias, blogs que podrían ser “escritos” por robots, gente que reporta su “estado” en 140 caracteres (como si fuera una máquina), cosas de ese estilo. Sugiere Lanier que el último lock-in tecnológico secuestró nuestras experiencias.
Según Lanier, nos hemos sumido en un mundo en el que la creatividad decrece brutalmente. A mi me parece paradójico, porque me da la impresión de que “los creativos” se han multiplicado en los últimos años. Dice Lanier que todo es un refrito o un revival. Vivimos en retrópolis, porque ya no hay nada que crear. La internet, que aquellos pioneros soñaron como un potenciador de la creatividad, es pues en tal sentido una promesa rota. En el futuro, toda la cultura, dice Lanier, eventualmente será reducida a la publicidad. Internet es el paraíso de la publicidad, pero eso ya lo sabíamos.
El libro es un manifiesto como el mismo subtitulo lo identifica. Le hacen falta gráficos y datos (¿tiene sentido un manifiesto con datos y gráficas?), pero es bastante convincente en la mayoría de sus puntos. También le sobra un pedazo demasiado esotérico y con visos hippies que a duras penas me aguanté. Tiene más un par de pedazos aburridores, pero todo tiene relevancia. Vale la pena pararle bolas al señor Lanier. Todas las cosas que discute se sienten muy cercanas.
Títulos alternativos para este libro:
- Nadie es una marca.
- El fin de la cultura.
PostSecret es un proyecto en el cual la gente hace postales contando secretos y las manda a una dirección postal, donde una persona las recopila físicamente y las selecciona para ponerlas en un website, en libros o en exhibiciones. Las postales se publican todos los domingos en el sitio web del proyecto. La idea, me imagino, es que quien que manda la postal cuenta el secreto a voces; y los que visitamos el website, hablo por lo menos desde mi experiencia personal, disfrutamos de una combinación de empatía, (algo de) morbo y calidad creativa (¿artística?). Me parece un proyecto bonito, cuya esencia es la empatía, lo que nos define como humanos.
LLevo seis días seguidos de 6 horas de alemán. No es el primer curso que hago pero sí es el primero que hago en serio, con todo empeño y dedicación. Me ilusiona “aprender el idioma”, pero sé que la motivación a veces flaquea, y que en general no tengo tiempo para estas cosas si tengo en cuenta todos “los otros planes” y sueños.
De las pocas cosas malas que me dejó Amsterdam en la cabeza fue la desconexión de esa parte del cerebro que solía causarme incomodidad cuando todos alrededor hablaban un idioma incomprensible. La falta u oxidación de ese cable disminuye mi motivación a la mitad de un solo tajo. Trato de sentirme incómodo otra vez cuando no entiendo, de hablar en mi Alemán lamentable y no sucumbir a la tentación de cambiarme a inglés a los tres segundos. Hablarle a cualquiera en alemán se siente como ir a hablarle espontáneamente a la desconocida más bonita de la fiesta (cuando uno tiene 19 años). Es una lucha de todos los días.
Estoy en la puerta de mi edificio, hablando con E de un rollo fuerte. No recuerdo muy bien de qué va a la conversación, pero es una de esas conversaciones donde tenés que hacer la pausa para saber qué lo que vas a decir, para pensar, porque toca pensar cada sílaba, cada inflexión. Yo estoy tumbado en el piso, y por alguna razón que no entiendo ella está desnuda de la cintura para arriba, a pesar de que va saliendo del edificio y tiene su bolso colgando en uno de sus hombros desnudos. Claramente ella está en posición de pronto salir corriendo. Yo miro sus senos tan redondos tratando de no ser muy evidente, como si nunca los hubiera mirado detenidamente en todo su esplendor geométrico, ahora en toda la gloria de un contrapicado.
Después la conversación termina y yo me pongo de pie y nos damos un abrazo largo, larguísimo. Ella me dice que quedemos en Nikey (¿Niquei?), que resulta ser un restaurante de tapas, según lo que ella me explica. Después de brevemente decidir que vamos el lunes y no el martes, el sueño cierra con una imagen de un restaurante que asumo es Nikey (¿Niquey?). Es un plano general donde se ven en blanco y negro cuatro dependientes atendiendo una pareja en la que no estoy ni yo ni ella. Las mesas son redondas y pequeñas, sólo una de ellas está ocupada. Además de la pareja y unos platos vacíos la mesa sostiene una botella de vino de tamaño desproporcionado. Dos dependientes están detrás de un mostrador, hablando sin mirarse. Los otros dos están cerca de la mesa mirando a la pareja con un semblante entre reflexivo y triste. Es una pareja de esas aburridas y con mucho dinero, como la de la película que hemos visto la noche anterior. Los restaurantes de tapas nunca son tan lujosos. Fade to black.
En mis primeros años de estudiante todo el grupo de provincianos, del cual yo hacía parte orgullosamente, vivía en pieza. Las piezas se rentaban generalmente en el barrio el recuerdo, a unos cuantos metros de la entrada de la 26 de la Universidad. Buscando pieza, a veces tenía uno suerte y daba con un buen lugar donde se quedaba unos cuántos semestres, otras veces eran cosas evidentemente temporales. La mayoría de los estudiantes provincianos de ese entonces, vivían entre el recuerdo y la soledad. En estas casas se conocía gente de todos los rincones de la maltrecha geografía colombiana. Un subconjunto particularmente interesante de todo este zoológico era el de los dueños de casa.
La primera vez que renté un cuarto, la dueña del apartamento era una “adulta joven” que apenas empezaba a vivir sola y rentaba un cuarto diminuto para ayudarse. Recuerdo que sus largas faldas y estilo más bien hippie impresionaron a mi mamá provinciana, acostumbrada a las faldas cortas y el estilo más bien ligero en ropas de tierra caliente. A pesar de que nunca se me pasó por la cabeza ningún pensamiento de tipo sexual con la hippie, de esa pieza tuve que irme un año más tarde porque su novio, según decía ella, pintor residente en parís, se enteró “que vivía con un muchacho”, etcétera. El resto de mis años de estudiante viví en una casa muy grande justo en la frontera del recuerdo y quintaparedes. La dueña de casa era una de las hijas menores de una numerosa familia aristocrática venida a menos. Su misión era cuidar de su madre con muchos años ya, y administrar los 3 cuartos que rentaba en una casa inmensa, donde cuenta ella, todos los hermanos tuvieron que esconderse en Abril del 48, porque afuera andaban capando godos.
Quim era el dueño de la casa donde vivía mi amigo R. Era una casa de esas grandes y semiabandonadas. Una de las misiones de Quim era reconstruirla, y hacer carpintería para amoblarla y rentar sus cuartos. Quim andaba siempre en la mala, y después nos enteramos que la casa no era suya, sino de un antiguo jefe que quizá lo quería mucho, y que se la cedió para darle un norte, para que eventualmente saliera de la mala con un negocio próspero de rentar habitaciones a provincianos aspirantes a poeta. Uno de los tantos sueños de Quim era que su negocio creciera tanto tanto, que el dinero de sobra le sirviera para sacar una antología con todos los poetas que vivían en su casa. Su intensión de publicarnos (aunque yo no escribía), fue revelada alguna vez en el clímax de un torneo de poesía organizado por él mismo, donde más que poesía lo que hubo fue mucho alcohol.
La publicación de esta antología siempre fue inminente, porque Quim siempre tenía un negocio a punto de reventar. Una vez en una borrachera, Quim sacó a las 3 de la mañana un aparato que revolucionaría el universo de la carpintería. Era una especie de secador de pelo diminuto con terminación en disco, como una pistola del futuro. El disco se podía cambiar para pulir, polichar, cortar, y hacer n-mil cosas inherentes a la carpintería. El diseño del aparato era una de las genialidades de Quim, y en unos meses cuando él se volviera millonario, íbamos todos a disfrutar de su gran biblioteca, de almuerzos domingueros gratis en su casa, y los que escribían poesía iban a ser publicados, y todos seríamos muy felices y exitosos. Esto por supuesto nunca sucedió.
Quim era un tipo flaco y alto, sus facciones sugerían acaso cierto pasado con las drogas. Era un tipo de esos a los que le gustan mucho las mujeres, y obviamente el origen de su decadencia era una mujer malvada, uno de esos amores que nunca se superan, cosa jodida si uno tiene más de cuarenta años. Una de las cosas que hacía Quim era recitar una y otra vez un poema llamado La casada infiel, de García-Lorca. Empezaba con esa voz trajinada: “Y que yo me la llevé al río, creyendo que era mozuela”, pausa dramática, “pero tenía marido”… Su voz tenía cierto filtro difícil de no asociar con el abuso del cigarrillo. Su gesto al recitar era lapidario, y por alguna razón nunca terminaba de recitar el poema. En retrospectiva, es evidente que la obsesión de Quim con este poema puede tener mucho que ver con su pasado, de hombre casado y feliz y el desenlace que todos podemos imaginar. El desenlace o la introducción a su historia, según se mire.
Quim disfrutaba recitándole poemas a nuestras novias, todas chicas hermosísimas según el. También disfrutaba organizando fiestas para todos. En estas fiestas a veces aparecía uno que otro personaje inesperado: una vieja gloria de la televisión colombiana, un ex-detective con cierta debilidad por el bazuco, algún familiar de Quim con el que, por seguridad física, se tenían que evitar a toda costa las discusiones políticas. Generalmente se alternaba la música de nosotros los muchachos, la música vieja que en teoría nos gustaba a todos, y la salsa siempre opacada por el inexperto sonido del borracho que se atreviera a tocar el bongó de R. Todos bailaban menos Quim, quien decía disfrutar más viendo a la gente bailar que bailando él mismo. Quim llevaba la melancolía de su fallido amor tatuada en la frente.
R finalmente dejó la casa de Quim, quien tenía el grandioso plan de irse a vivir a un país más prospero al sur del sur. En esa época R y yo alquilamos un apartamento en Teusaquillo, los dos huyendo del pasado, igual que Quim, quien quería también empezar una nueva vida en otro lugar, olvidar sus penas y ser pleno. Dada la magnitud de la tristeza de Quim, lo más natural era que se fuera del país, y eventualmente así lo hizo. Nunca supe más de él hasta hace poco más de un año cuando R vino a visitarme en Amsterdam. R se encontró al único hijo varón de Quim en el sendero que conduce de la entrada de la 26 a la plaza Che. La buena noticia era que el hijo de Quim estudiaba en la Nacional, cosa de la cual seguramente Quim estaría supremamente orgulloso. La mala noticia era que Quim se había suicidado en ese país del sur, donde lo esperaba su destino.
Quim no se llamaba Quim por supuesto, ni mucho menos Joaquín Font, pero creo que eran muy parecidos. A esa conclusión llegamos con R el día que nos tomamos esta foto. El de la izquierda es R, el del medio es mi flatmate de Amsterdam, y el libro rojo sobre la mesa es los detectives.


Una chica muy bien parecida está sentada en una mesa de un restaurante Bogotano con un apuesto señor, que además de ser galán de telenovela es matador de animales. Ella es la hija de un exitoso político latinoamericano, y siempre ha vivido una vida de princesa. Ella es una princesa. Tras la ventana se les puede ver sosteniendo una conversación agitada. No a los gritos, pero si con ademanes fuertes y miradas punzantes. La pareja es una pareja de lo que hoy día llaman el JetSet, pero en la Bogotá con gusto de 1965, nadie hace alharaca, todos tienen mucho estilo. Los de la farandula no desentonan ni con las señoras típicamente Bogotanas, ni con el par de gamines agraciados y de pulcros modales que rodean el restaurante con ruana al cuello. La ciudad completa es un crucero elegante donde se navega por siempre en un mar de lujos, pretensión y elegancia. De un momento a otro se ve al matador de toros siendo particularmente enfático con sus manos. La mujer mira hacia el suelo, y repentinamente saca un arma de su bolso, se apunta directo a la cabeza y dispara. El galán de telenovela morirá poco tiempo después, no de pena de amor, sino en un accidente de automóvil. La ciudad son sus mitos, dice William Ospina.
Trayecto: Amsterdam – Osnabrück.
Tren Intermunicipal IC 134.
11:32 AM
El tren se aproxima a Bad Bentheim, la ciudad donde los policias alemanes se suben a pedir pasaportes. No sé porqué lo hacen, en teoría no debería haber control de fronteras y nadie es sospechoso de nada por ir en un tren. Hace poco alemania y el resto de la comunidad europea se indignaron porque los daneses intentaron reintroducir cierto control de fronteras. He cruzado esta frontera en tren por lo menos 10 veces: la policía siempre pide pasaporte, pero sólo nos piden pasaporte a los negros. Parece que en este vagón todos lo negros hablan alemán, menos yo.
Trayecto: Kiel – Plön.
Tren Regional RB 21665.
11:00 AM.
Hay dos señoras de aproximadamente 60 (¿55?) años ocupando un espacio de cuatro puestos, de esos de dos sillas frente a dos sillas. Las señoras están frente a frente, cada una ocupando dos puestos. Una de ellas lleva una cámara fotográfica que no debe ser de ella, o por lo menos no la habrá comprado ella. La habrá comprado un hijo, quizá un nieto, la habrá tomado prestada y su dueño se habrá quedado preocupado por la integridad del aparato.
La otra señora lleva unas gafas de sol demasiado grandes, y un mapa pequeño, de esos gratuitos que se consiguen en cualquier oficina de turismo en el pueblo más perdido de cualquier país de Europa del norte. El mapa terminará arrugado en una papelera, con un par de telefonos anotados al lado del aviso de un hotel de esos que nunca se llenan.
Asumo que es paseo y no vacaciones. El equipaje es poco, pero la alegría que se les nota es mucha. Lo que más me llama la atención es la risa. Parecen dos niñas de 10 años yendo de paseo. Puedo ver el brillo en sus ojos de quien está feliz de verdad. ¿Serán amigas de todos los días? Me atrevería a pensar que no, que se han reencontrado después de mucho tiempo, que este viaje no es cotidiano. La cotidianidad rara vez tiene tal fulgor. En algún momento la una se sienta al lado de la otra y discuten el mapa. ¿Decidirán el intinerario? ¿Seguirán la ruta del tren con el dedo? Ríen y sus ojos azules (o grises) alumbran. Una de ellas me mira y sonríe. Yo también le comparto una sonrisa de verdad, siento envidia. Es fácil sentir envidia cuando no se conoce la historia completa. Me pregunto si a esa edad tendré una amigo entrañable que acompañe de paseo en un día de verano, si viviré en un país con trenes y viejos felices y despreocupados.
La señora que me sonrío saca también sus gafas de sol – tienen un tamaño apropriado, se pasa al asiento de enfrete y le pasa la cámara a la otra. Le explica cómo sacar la foto. La nueva fotógrafa no se molesta en quitarse las gafas de sol y rápidamente dispara. Yo me imagino la foto.
Hace rato me preguntaban que de qué van mi tesis de doctorado. Acá está el resumen en español que probablemente irá en la versión impresa y empastada del manuscrito. Ha sido un ejercicio interesante y revelador tratar de hacer una traducción medianamente decente. Me pregunto cómo sería haber estudiado todo lo que estudié en mi lengua, la que todo lo condiciona. Me pregunto qué tan grande sería la ventaja en este mundo académico de hablar inglés de verdad, de haber crecido y moldeado las neuronas en la misma lengua en la que debo comunicar las cosas relevantes de mi trabajo. Por más técnico y matemático que sea el asunto los no nativos arrancamos en desventaja, pero ha de ser una cosa compleja porque supongo también que hablar otro idioma (como el español) crea otros caminos y otras conexiones que en últimas también pueden ser explotadas. En fin, aquí va el resumen…
